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El malentendido equilibrio a debate

María Carreto Figueras TuHop, impulsa tu salto, crea tu vida
19 Oct. 2017 1 comentario

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El equilibrio es un concepto que, no sólo las personas, sino que también la mayoría de las disciplinas tienen en gran estima. Desde el punto de vista de la psicología por ejemplo, se nos habla del equilibrio emocional, tener equilibrio en nuestra vida es algo muy importante para lograr cierto status de felicidad. De hecho, se habla de la felicidad como un estado de equilibrio que impregna todos los aspectos de la vida. La nutrición postula hoy más que nunca la necesidad de llevar dietas equilibradas. El deporte nos insta a la práctica moderada y equilibra del ejercicio como medio para mejorar nuestra salud. Hablemos de lo que hablemos, el equilibrio parece ser ese punto o lugar en el que tenemos que posicionarnos. Lo percibimos como un valor al cultivar sin duda. Pero, definitivamente, tenemos un gran problema con el lenguaje. Utilizamos los conceptos sin ser conscientes de que estamos configurando nuestra manera de situarnos en el mundo. El equilibro suele significar para la gran mayoría instalarse justo en medio; esa línea imaginaria que se sitúa entre un poco de esto y un poco de lo otro. La balanza ha sido durante mucho tiempo un símbolo gráfico que representa el equilibrio como la manera de no inclinarse en exceso hacia ninguno de los dos lados. Nuestro lenguaje y nuestro entendimiento de los conceptos que expresamos son más importantes de lo que pensamos. Nuestra mente no le atribuye valor a los conceptos según el significado que tengan en el diccionario, sino que este valor viene dado por lo que representan para nosotros. Y lo que los conceptos y las ideas representan para nosotros está determinado por el paradigma que rige en la sociedad en la que vivimos.

 

Nuestro paradigma se basa en la dualidad, lo que significa que nuestra mirada entendida como percepción es dual; frío/calor, bueno/malo, verdadero/falso, amor/odio, miedoso/valiente, eterno/temporal, agradable/desagradable, permisivo/controlador, creyente/ateo, generoso/tacaño, alegre/triste, guapo/feo, flexible/rígido, libre/esclavo, luz/oscuridad, abierto/cerrado, estable/inestable, placentero/doloroso…y así, una lista interminable de ejemplos que dan muestra de la dualidad más absoluta y nos indica el arquetipo o modelo en el que nos manejamos. ¿Qué supone, por tanto, buscar el equilibro en nuestro mundo? Quizás nos conformemos que con ser un poco miedosos y un poco valientes, algo permisivos y a la vez algo controladores, a veces buenos y a veces malos, ni muy rígidos ni muy flexibles, hoy te odio y mañana te quiero. 

Cuando examinamos con detenimiento y desde todos los puntos de vista el equilibrio, nos damos cuenta que el equilibrio representa ese lugar en el que todo vale siempre que no sea en exceso.  Existe una cita bíblica muy representativa al respecto: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. Lo tibio en nuestro caso simboliza la falta de identificación con algo concreto, el querer contentar a todos es lo más fácil, pero situarnos en ese punto es como el equilibrista pasando por la cuerda floja, donde si ejercemos la más mínima fuerza en uno de los lados cae con todo su peso. Quizás deberíamos ser menos equilibrados y más decididos. Tener la coherencia necesaria para ubicarnos allí donde sentimos que tenemos que estar. Cuando me acomodo justo en medio, ambas opciones pierden significado.

Cuando hablábamos de la disociación la presentábamos como un proceso de pensamiento distorsionado en el que se abrigan dos sistemas de pensamientos que son contradictorios, y por lo tanto, no pueden coexistir. El equilibrio trata de hacernos creer que se puede ser sincero y mentiroso a la vez. El equilibrio implica siempre cierta transigencia. Es muy importante que al menos en lo que a las decisiones cruciales de nuestra vida se refiere seamos muy honestos. No podemos contentar a todos porque la subjetividad con que cada persona te mira hace que eso sea imposible. Dejemos el equilibrio para las dietas donde un poco de todo puede resultar muy saludable. Pero muy nocivo a nivel emocional si pretendemos ser lo que no somos.

 

Hoy tenemos una gran influencia de la cultura oriental; imágenes como un buda o el yin y el yang entre otros muchos nos transmiten una sensación de paz que automáticamente asociamos con un estado de equilibrio mental perfecto, pero hemos de tener en cuenta que el paradigma oriental es muy distinto del nuestro. Podríamos decir que el equilibrio lo percibimos como un movimiento constante donde una fuerza choca contra la contraria, y tratamos de compensar la influencia de una sobre la otra consumiendo una cantidad enorme de energía.

Nada representa mejor el equilibrio que el autoconocimiento, ser consciente de quien eres y dónde reside tu identidad. En ese estado no hace falta ejercer ningún esfuerzo, lo que ya es no necesita ser demostrado ni contrarrestado. No existen medias tintas ni ambigüedades. Tu equilibrio no se situa entre quien eres y quién crees que eres, sino en el reconocimiento y aceptación de tu verdadero Ser.

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María Carreto Figueras

María Carreto Figueras

Directora Comunnicación, TuHop

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