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Madres buenas, malas madres

Chus Marcos Maternidad inteligente
28 Oct 2014 BLOG_NUM_COMMENTS

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"...el paraíso de los juicios es, como no, la maternidad. Todo el mundo juzga a las madres: las propias madres se juzgan a sí mismas y juzgan a las demás, las juzgan sus familiares, sus vecinos, los sanitarios, los conocidos... ¡sin compasión!"

Hacer juicios y opinar sobre la bondad o maldad, adecuación o inadecuación, de lo que hacen/piensan/son los demás, es una costumbre muy arraigada en las personas. Por una parte tiene su lógica: necesitamos valorar el entorno y la realidad para adaptar nuestra respuesta a la interpretación que hacemos de lo que nos rodea. Pero en muchas ocasiones el juicio no nos aporta nada y lo hacemos sólo por hábito: un mal hábito. Juzgamos cómo se viste este, la manera de gastar el dinero de un tercero, las simpatías políticas del otro, la vida conyugal de aquel... Asuntos que ni nos van, ni nos vienen, que sólo hacen que estrechemos nuestra mirada sobre las personas juzgadas, que las despersonalicemos, que atribuyamos etiquetas a menudo arbitrarias en función de creencias y opiniones poco fundamentadas.

¿Por qué traigo hoy a colación este asunto? Porque el paraíso de los juicios es, como no, la maternidad. Todo el mundo juzga a las madres: las propias madres se juzgan a sí mismas y juzgan a las demás, las juzgan sus familiares, sus vecinos, los sanitarios, los conocidos, cualquier paseante, ¡incluso la ciencia! A los padres no, pero a las madres, ¡sin compasión!


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Así sucede que todas tus decisiones, elecciones o preferencias a la hora de gestar, parir, alimentar o educar a tus hijos, son patrimonio social y cualquiera se siente autorizado a opinar acerca de cómo lo haces y a etiquetarte como una madre buena o una mala madre... Todo el mundo se atreve a amonestar, criticar o sermonear a una madre si, en su opinión, no cumple bien con su tarea: opinará sobre si quiere dar a luz con epidural o sin ella, si duerme con su bebé o si lo acuesta en un cuarto separado, si le da el pecho o le da biberón, si lo lleva a extraescolares o no, si trabaja o si es ama de casa, si le compra un móvil o si no se lo compra, si cocina galletas caseras o si recalienta tortilla precocinada... Da igual cuáles de estas y de las otras infinitas maneras de atender a los hijos elijamos: siempre habrá un bienintencionado cerca de nosotras que nos regañe porque lo estamos haciendo mal.

Como si las mujeres fuéramos menores de edad, seres incapaces de tomar decisiones informadas, de elegir por nosotras mismas, de asumir la responsabilidad de la crianza con competencia y con nuestro propio criterio, adaptado a nosotras mismas, a nuestras circunstancias únicas... que sólo nosotras conocemos bien. Como si nos importaran tan poco nuestros hijos que elegimos deliberadamente estar en el lado de las "malas madres" (sic).

A menudo es esa presión del entorno sobre nuestra manera de ser madre la que nos inhibe y nos aleja de nuestra autenticidad. Terminamos decidiendo lo que se supone que es bueno o correcto, o lo que esperan de nosotras otras personas (madre, pareja, amiga...), o evitando determinadas actitudes y comportamientos que sabemos que van a ser criticados. Como madres sentimos muchas veces una extremada vulnerabilidad, ya que con frecuencia se trata de nuestro primer y único hijo, nos falta experiencia previa con niños, debemos compaginar su cuidado con múltiples obligaciones muy absorbentes, y la sociedad pone el listón de la "buena madre" terriblemente alto, lo que nos lleva a desconfiar de nuestras capacidades y a angustiarnos por los perjuicios para el niño de no ser esa madre ideal e irreprochable. Todo ello unido a que cualquiera parece tener claro lo que hay que hacer, menos nosotras, hace que suframos innecesariamente y que a veces sean los valores y creencias de otros los que definan nuestra maternidad.

¿Qué podemos hacer para sustraernos a esta situación? recuperar nuestro protagonismo y nuestra responsabilidad. Para ello te animo a que empieces por dejar de juzgar a otras madres: nada hay tan triste como ver a mujeres criticándose entre ellas de forma implacable y diciendo -o sugiriendo- que no son buenas madres porque no hacen las cosas como nosotras...

Y acto seguido extiende esa comprensión y esa generosidad a ti misma y deja de medirte con una vara de medir ajena e inalcanzable (la de la madre perfecta en una cultura patriarcal). El siguiente paso es quitarle importancia a lo que los demás piensan sobre nosotras y nuestra manera de ser madres: en nuestra vida sólo debe contar lo que pensamos nosotras mismas.

El coaching aspira a la mejora de las personas mediante la reflexión y la acción, por eso te propongo que dejes a un lado los juicios de valor (¿soy buena madre, soy mala madre?), te olvides de las comparaciones, e inviertas tu tiempo y tu energía en convertirte en la madre que realmente quieres ser. Sola o con ayuda de tu coach, dedica un espacio suficiente para responder a esta pregunta: ¿qué clase de madre me gustaría ser, qué aspectos de mi maternidad no me agradan, qué habilidad o competencia quisiera mejorar o desarrollar? Presta atención a lo que necesitas para ser esa madre que deseas ser y pon en marcha cambios y acciones que te ayuden a avanzar en la dirección correcta. Si algo en tu manera de vivir la maternidad no te gusta ¡cámbialo! Está en tu mano.


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Lourdes Delgado Luque

Lourdes Delgado Luque

Emprendedora-Editora, Tu look habla

Muy inteligente por tu parte abordar el tema...http://goo.gl/Dv6Wq1

Gracias
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