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Perfección en equilibrio

María Traver Andújar Ideas para crecer
26 Jul. 2018 2 comentarios

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El perfeccionismo es nuestro enemigo.

Lo digo completamente en serio, y por experiencia propia: pocas cosas nos agotan, nos frustran, nos retrasan, nos crean mayor inseguridad; tantos enemigos incluso, como el perfeccionismo desmedido. No hablo de querer hacer las cosas lo mejor que sea razonablemente posible: hablo de cuando nunca estamos contentos, de cuando fijamos unos estándares inalcanzables para nosotros mismos o para los demás.

Conozco poca gente menos eficaz que los excesivamente perfeccionistas: ésos que pierden (y hacen perder) un valiosísimo tiempo cuestionándose hasta la última coma de un documento; ésos, que, ante el temor de haber pasado por alto alguna cosa, dejan de lado cualquier atisbo de sentido práctico y se sumergen en profundas disquisiciones a las que solamente ponen fin cuando no queda más remedio: habitualmente, sólo cuando los plazos aprietan, lo que, paradójicamente, suele perjudicar el resultado.

El perfeccionismo a ultranza nos crea frustración, ansiedad, agotamiento, y puede conducir a una peor autoestima, a peores sensaciones sobre nuestras capacidades: incluso aunque realmente nos permita alcanzar un mejor resultado (lo que no siempre sucede), el exceso de perfeccionismo deriva, en gran medida, de la dificultad para sentirse satisfecho con uno mismo y con el propio trabajo; algo estrechamente relacionado con una autoestima frágil. Necesitar cuestionárselo todo para sentirse seguro es un problema. ¿Qué clase de mensaje nos estamos dando a nosotros mismos sobre nuestra valía si, hagamos lo que hagamos, siempre nos decimos que no fue suficiente, que pudo ser mejor?

Claro que pudo ser mejor. Todo es siempre mejorable y, por otro lado, el concepto de “mejor” (de “perfecto”) es equívoco y variable: ¿mejor en opinión de quién? Otra persona lo haría de otro modo, añadiría o quitaría según su gusto, quizá pondría el acento en otros aspectos… Un muy buen trabajo (el que la mayoría de nosotros reconocemos como tal en nuestras áreas de especialidad) ya requiere de un gran esfuerzo y dedicación. Es muy poco lo que el exceso de perfeccionismo puede añadir a esto, y no es proporcional al esfuerzo que cuesta y al coste que conlleva. En otras palabras, no es eficiente.

El reto es saber reconocer esa línea en la que el perfeccionismo ya no aporta valor. Esto dependerá de cada caso y de la situación. Sí, de la situación: ajustar el resultado de lo que vamos a hacer a las posibilidades y medios reales de que disponemos, lejos de significar que nos conformamos con hacer algo mediocre, es un paso inteligente: nos permitirá dimensionar y definir lo que podemos hacer y cómo, abarcándolo con éxito, en vez de presentar un resultado desestructurado o incompleto por pretender llegar mucho más allá de lo que realmente era factible.

El excesivo perfeccionismo puede también ser un signo de problemas emocionales: miedo al fracaso, inseguridad sobre nuestra capacidad, baja autoestima, ambición o competitividad malsanas, rigidez mental, autoritarismo, incapacidad de tomar decisiones, y un largo etcétera. En el ámbito personal, nuestros estándares de perfeccionismo pueden asfixiar a nuestros familiares. Desde mi punto de vista, compensa ceder en alguna cosa o tolerar un punto de desorden (por decir algo) en favor de una mayor armonía. En el trabajo, un resultado excelente conseguido a costa de un equipo exhausto, frustrado e insatisfecho es, como mucho, una victoria a corto plazo. Los mejores resultados se alcanzan sólo cuando la gente está comprometida con el proyecto, y resulta muy evidente que, cuando la exigencia es excesiva e injustificada, el compromiso pierde muchos enteros.

Por otro lado, tenemos la idea de que todo lo que merece la pena cuesta esfuerzo. Esto no es del todo cierto. Muchas cosas valiosas se alcanzan con esfuerzo y trabajo, pero muchas otras (entre ellas, algunas de las más importantes de la vida) son gratis, o se pueden perseguir disfrutando y no sufriendo. Un esfuerzo descomunal no es ni será nunca, por sí mismo, garantía de un resultado satisfactorio. Debe estar, como mínimo, bien enfocado. Podemos, y debemos, querer seguir creciendo, superar nuestros límites y llegar más allá sintiéndonos, a la vez, satisfechos con lo que hemos hecho hasta ahora. No debemos permitir que el perfeccionismo nos robe la satisfacción con nuestro momento actual, que es el alimento de la energía con la que afrontaremos el futuro.

En aquellas situaciones en las que el perfeccionismo a ultranza es imprescindible (me viene a la mente el deporte de alta competición, pero también todos esos sueños y ambiciones que lo son todo para nosotros), debemos, como mínimo, ser conscientes del coste que soportaremos en otros aspectos de nuestra vida, y ser capaces de felicitarnos por los éxitos que vayamos alcanzando, para generar dentro de nosotros mismos esa energía positiva que nos permitirá creer en nosotros mismos y seguir adelante.

Porque cuando el único estándar que contemplas es la excelencia, como en todo en la vida, estás eligiendo y eso tiene un coste. La vida tiene muchas facetas y no puedes ser perfecto en todas (es más, realmente no puedes serlo en ninguna porque la perfección no existe y en todo caso es opinable). La extrema dedicación a una cosa significa tiempo y energía muy escasos para otras. Debemos darnos cuenta de esto para priorizar conscientemente y poder, si así lo queremos, decidir ser un poco menos perfectos en algún ámbito para ganar en otros.

Quiero, además, reivindicar el valor de lo imperfecto: la vulnerabilidad de aquellos a quienes queremos nos acerca a ellos. ¿De quién te sientes más próximo, de un modelo de perfección, o de alguien que te muestra un temor o te confía una debilidad? La imperfección establece las necesidades de crecer o aprender (porque pone de manifiesto las carencias), convierte el intercambio y la diversidad en algo enriquecedor (porque otros tienen o saben lo que nosotros aún no), y nos hace apreciar lo bueno de verdad cuando lo tenemos delante.

Propongo que intentemos dar siempre un resultado bueno, extraordinario incluso, pero sin perder vista el balance, el realismo, y el coste. Relajar nuestros estándares para descansar y disfrutar un poco es esencial para poder hacer, después, más y mejor.

Como dijo un sabio escritor: una cosa no es perfecta cuando no se le puede añadir nada, sino cuando no se le pueda quitar nada.

Foto: María Traver

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María Traver Andújar

María Traver Andújar

Senior Researcher, TNS

Muchas gracias por tu comentario, Lourdes!
Lourdes Rodríguez Afán de Ribera

Lourdes Rodríguez Afán de Ribera

Operational Planning Manager, Womenalia

Totalmente de acuerdo con tu post! El perfeccionismo nos hace olvidarnos de nuestro objetivo principal.
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