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El laberinto de convivir

María Traver Andújar Ideas para crecer
31 Oct. 2017 2 comentarios

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El ambiente está caldeado últimamente. Al menos en lo político. Más allá de cuáles sean mis creencias personales concretas (que algunos de los que me leéis conocéis y otros no) me preocupa la deriva en la que estamos cayendo. Familias que se rompen, amistades que se quiebran, personas que abandonan grupos, bloqueos y acosos de cuentas en redes sociales…

A la gran mayoría nos disgusta esta dinámica. Y de hecho, creo que nada de esto tendría que estar ocurriendo si fuéramos capaces de dos cosas: expresar nuestras opiniones sin faltar al respeto a quienes no piensan como nosotros, y no sentirnos atacados personalmente porque haya quien opina distinto. La primera parte la tenemos clara, al menos en teoría. Se trata de debatir sobre ideas sin agredir a las personas. Criticar el liberalismo sin agredir a la gente de derechas, criticar el socialismo sin insultar a los de izquierdas, criticar a la Iglesia sin mofarnos de quienes tienen creencias religiosas... Es decir: criticar constructivamente, desde la reflexión y el pensamiento, sin personalizar. Si la idea parece sencilla, la puesta en práctica es más compleja. En primer lugar, no sólo agreden las palabras, sino también los tonos, los gestos y las miradas. Por eso, no vale fingir: si en el fondo no sentimos respeto por la persona que tenemos delante, aunque su opinión sea diametralmente opuesta a la nuestra, lo que realmente pensamos se nos verá en los ojos y será más demoledor que cualquier crítica.

Pero hay otro motivo por el que fallamos: nos sentimos profundamente insultados cuando las ideas ajenas no coinciden con las propias. De acuerdo, a veces nos agreden de verdad. Sin embargo, con frecuencia nos sentimos insultados sólo porque nos asusta dejar de tener razón, o porque la otra persona ha dicho algo que nos hace cuestionarnos alguna de nuestras creencias; porque nos identificamos demasiado con nuestras propias ideas. Además, con cierta frecuencia ocurre que cuanto más nos identificamos con ellas, menos propias suelen ser, y más prestadas. Que nadie se ofenda: por supuesto que se pueden tener creencias arraigadas, que sentimos que nos definen, a las que se ha llegado después de una reflexión propia y no comprando directamente lo que otros dicen. Lo que digo es que, en general, cuanto más piensa uno por sí mismo intentando tener la mente abierta, más de acuerdo podrá estar, al menos en parte, con una diversidad de opiniones que no serán todas del mismo lado. A fin de cuentas, nadie está en posesión de la verdad absoluta ni tiene siempre la razón: por tanto, casarse en todo con los mismos sistemáticamente quizá implique no haber reflexionado con la suficiente profundidad sobre la validez de otros puntos de vista. Además, esta actitud alimenta peligrosamente la división creando dos bandos: el de los míos y el de los equivocados (que fácilmente pasan a ser vistos como enemigos).

Las ideologías proponen formas diversas de abordar los problemas del mundo, y percibimos a que a ellas subyacen ciertos valores. Sin embargo, yo sostengo que se pueden (y casi diría que se deben) tener valores sin adscribirlos a ninguna ideología. La honestidad, la capacidad de trabajo, la solidaridad, el compromiso con los más desfavorecidos, todo lo que tiene que ver con la protección de derechos humanos… no son propiedad de ninguna ideología. Pertenecen a la integridad y la dignidad de la persona. La corrupción y las dictaduras son negativos sean de derechas o de izquierdas; los genocidios y la miseria de la inmigración son terribles afecten a quien afecten. Los auténticos valores humanos están por encima de las ideologías.

Para mí, no hay idea ni ideología que justifique romper la convivencia (es decir, pasar por encima de familias, amistades, etcétera). Hacerlo es tanto como decir que las relaciones entre las personas valen menos que aquello en lo que yo creo; que en mi mundo no hay hueco para el que es y piensa distinto de como yo lo hago; para el que, incluso importándole las mismas cosas que a mí, las resolvería de otra forma (porque el desacuerdo, a menudo, ni siquiera es de fondo sino, sencillamente, sobre cómo pensamos que deberían arreglarse los problemas). Ya en mi vida adulta tuve una profesora que nos proponía la siguiente disyuntiva: “¿Tú qué quieres: tener razón, o arreglar las cosas?”. Yo elegí mi respuesta. Los más negros capítulos de la historia de la humanidad se han gestado desde esta posición en las que las ideas y creencias levantan fronteras (físicas, religiosas, ideológicas o de cualquier otro tipo) entre las personas.

Por lo demás, creo que en política, religión y algún otro tema, nos mueven demasiado los sentimientos y demasiado poco la reflexión: a quién sentimos que pertenecemos, más que lo que pueda estar bien o mal con independencia de quien lo diga. Pero los sentimientos también se equivocan, y se desbocan. Lo hacen, de hecho, mucho más que los pensamientos. Y como los sentimos, como nos salen de las tripas, nos los creemos con mucha más facilidad.

Reconozco que soy una persona muy recelosa de las ideologías. Personalmente trato de permanecer en un lugar donde oiga de todo, incluso lo que no me gusta. La consecuencia lógica es que oigo cosas que no me agradan con más frecuencia de la que a veces me apetece, lo cual puede ser algo cansino, pero he practicado para que no me enerve ni me quite la paz de espíritu al final del día. Pocas cosas me espantan más que la posibilidad de que un sistema de creencias me secuestre la mente, o que mis convicciones procedan todas del mismo sitio. Eso no significa que no me equivoque. Me dejo cosas fuera y me equivoco como todos, pero al menos me equivoco yo (hasta para equivocarse tiene una que tener su orgullo).

Tratar de seguir escuchando de todo para no perderte lo que pueda haber de verdad en cada lado no es una posición cómoda: a veces parece que hay una mayoría de gente que quiere que elijas bando, o que directamente te clasifica en uno a la mínima que abres la boca sobre cualquier tema. Pero siento que el mundo se beneficiaría si cada cual, desde su posición natural, intentara adoptar un poco más esta actitud.

Estar abierto a escuchar y, llegado el caso, a cambiar es una forma de crecer.

Foto: María Traver

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María Traver Andújar

María Traver Andújar

Senior Researcher, TNS

Muchas gracias Verónica! Un saludo.
Veronica A. García

Veronica A. García

Fundadora 2 páginas web, www.soyser.com y myindiantravel.com

Tal cual María, me ha gustado mucho tu post; luego de aprendizajes varios sin que esto signifique que me lo sé todo, puedo decir que me gusta mucho negociar para que todas las partes implicadas queden satisfechas. Hago lo posible por respetar otras opiniones y puntos de vista aunque no los comparta del todo; muchas veces el ser más receptivos nos lleva a encontrar nuevas formas de hacer y ver las cosas. Saludos!
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