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Dentro de tu cuerpo

María Traver Andújar Ideas para crecer
30 Dic 2016 4 comentarios

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Tu cuerpo. Ese gran desconocido. Te lleva, te trae, te proporciona descanso, placer, te permite relacionarte, sentir, trabajar, caminar, ver, oír, hacer deporte, hablar, crear. Todo dando un servicio silencioso, como quien no hace nada. Cuando todo marcha bien, ni te das cuenta de que está ahí haciendo un montón de cosas: todas las que tú le pides y, además, todos sus procesos internos automáticos. Y como ni siquiera se nota, tú ni te planteas que pueda dejar de funcionar correctamente.  En realidad, a veces sí le haces caso: lo llevas al gimnasio, le haces correr, lo sometes a una dieta, enmascaras con maquillaje o ciertas prendas de ropa sus supuestos defectos. Cuando se queja un poco, le haces callar con una pastilla o algún otro remedio; le concedes a regañadientes unos días (a veces ni eso) para que se recupere y, a continuación, lo fuerzas a seguir haciendo su trabajo.

¿A quién más tratarías así?

Es paradójico lo mucho que nos preocupa nuestro cuerpo (¿o es más bien nuestra apariencia?) y lo desconectados que vivimos de él. No tiene nada de malo querer resultar atractivos, procurar que desde el exterior se vea nuestra mejor versión. Sin embargo, cuidar nuestro cuerpo no es exactamente eso. Y cuando esa aspiración a una fantástica apariencia nos lleva a someterlo a sobreesfuerzos que minan sus recursos, se convierte en exactamente lo contrario. Muchas veces, también lo extenuamos por otros motivos: exceso de trabajo, obligaciones, autoexigencia, dificultad para relajarnos…

Lo peor, quizá, es que ni nos enteramos. No estamos acostumbrados a escuchar al cuerpo. No sabemos cómo hacerlo. No solemos fijarnos en nuestra respiración, en si tenemos algún músculo tenso o una postura poco natural. No interpretamos los primeros signos de alarma (jaquecas, trastornos estomacales, dolor muscular, escozor de ojos, piernas cargadas…) como tales sino como vagas molestias pasajeras (por suerte, a veces son sólo eso) o incluso como males que se vuelven crónicos sólo porque nos acostumbramos a convivir con ellos. Hasta que de repente, de un día para otro, nos vemos exhaustos y no entendemos cómo ha podido pasar.  La cuestión es que no ha sido repentino: venía anunciándose y ni nos hemos enterado.

¿Has probado a preguntarle a tu cuerpo qué necesita, a tratar de entenderlo en vez de frustrarte cuando empieza a dar problemas? ¿Has probado a preguntarle qué lo agobia? ¿Por qué tiene taquicardia? ¿Has probado a fijarte, en cualquier momento del día, en qué músculos tienes tensos? ¿Has probado alguna vez a decirle a tu cuerpo (y sí, hablo de decírselo, literalmente) algo como “de acuerdo, sé que te encuentras mal, te estoy pidiendo mucho, vamos a hacer un pacto: lleguemos hasta aquí y, después, te prometo que te haré caso”? El alivio es inmediato. Y después conviene cumplir la promesa, claro.

Cuando nos aquejan los primeros síntomas, obviamente no pasa nada por buscar un alivio rápido: una pastilla (para la jaqueca, para el dolor, para ayudarnos a dormir), tomada a tiempo, es mucho mejor que la tensión que generaría al propio cuerpo aguantarnos con la migraña, el dolor o el insomnio sin tomar nada. Pero esa legítima búsqueda de alivio ha de ir acompañada de una auténtica voluntad por mitigar las causas.

Del mismo modo, la tensión de someternos a una dieta despiadada o un programa de entrenamiento exhaustivo puede ser peor para nuestra salud y nuestro bienestar que abrir un poco la mano. Comamos bien y hagamos deporte no sólo porque sea sano o nos haga más atractivos, sino porque lo disfrutamos. Hagamos lo que es bueno y sano, sobre todo, por los motivos correctos. Por otro lado, el placer que proporciona una buena comida, un bombón sin sentirse culpable, unas horas haciendo el vago… ¿no serán, también, buenos para el cuerpo? ¿No serán formas de nutrirlo, de permitirle que se repare? ¿Qué pasa si un día, sólo por cambiar, decidimos mirar con simpatía o, al menos, con indulgencia, ese michelín de nuestra cintura, esa cicatriz de nuestra mejilla, esas arrugas alrededor de nuestros ojos, esas canas que se multiplican en nuestras cabezas? ¿No necesitará nuestro cuerpo que alguna vez nos relacionemos con él de una forma amable, no sólo desde la constante exigencia y la expectativa de que siempre sea perfecto y jamás se averíe? ¿Aceptándolo como es, con sus defectos y sus límites, lo que, de paso, ayuda a aceptarnos a nosotros mismos?

Cada cuerpo tiene su propio lenguaje: hay quien tendrá una migraña por una alimentación inadecuada, o por exceso de trabajo, o por falta de sueño… Hay quien refleja la tensión en el estómago, o en la piel, o en contracturas musculares… Entender a tu propio cuerpo empieza por prestarle atención. La higiene emocional es igualmente clave: todas las emociones, absolutamente todas, se reflejan en el cuerpo, tienen su vertiente física. El refranero y la sabiduría popular están llenos de expresiones que lo atestiguan: hablamos de quebraderos de cabeza, alguien nos pone del hígado, tenemos nudos en la garganta o en el estómago, llevamos un peso sobre los hombros, ante un disgusto perdemos el hambre… y así con todo. Además, los procesos emocionales especialmente duros o complejos se hallan dentro del abanico de posibles causas de algunas de las enfermedades que más tememos (cáncer, corazón, sistema nervioso…).

Tu cuerpo necesita saber que te preocupa. Necesita confiar en ti. Para funcionar bien, para atreverse, para acompañarte en tus propósitos e ir a por todas contigo, necesita tu compromiso de que, cuando dé la primera voz de alarma, por tenue que sea, vas a escucharlo. A fin de cuentas, es lo mínimo que puedes hacer con todo el servicio que te presta la mayor parte del tiempo sin pedirte absolutamente nada a cambio.

Seamos prácticos: si necesitamos a nuestros cuerpos para lograr nuestros objetivos, hagámonos sus amigos.

Ellos ya lo son de nosotros.

FOTO: María Traver

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María Traver Andújar

María Traver Andújar

Senior Researcher, TNS

Muchas gracias Laura! Me alegro mucho y te mando un abrazo.
Laura García
Impresionante y conmovedor, me encantó el post
María Traver Andújar

María Traver Andújar

Senior Researcher, TNS

Me alegro mucho, Teresa! A un poquitín que pueda ayudar a alguien, me hace feliz! Gracias por decírmelo. Un saludo.
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