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Cambiar para vivir

María Traver Andújar Ideas para crecer
1 Jul. 2018 3 comentarios

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Nos resistimos a cambiar. A cambiar, y a que nos cambien las cosas. A veces, nos resistimos igualmente incluso aunque nuestra situación esté lejos de ser ideal. Soportamos estoicamente relaciones dañinas, trabajos insatisfactorios, amistades que nos minan la energía… todo, con tal de no cambiar. Mejor dicho: a veces deseamos que las cosas cambien, pero querríamos no tener que hacer nada, no tener que poner de nuestra parte para que eso suceda.

¿Qué nos pasa?

Un freno muy simple pero también muy potente es la pereza. Nos da pereza reaprender, emprender, afrontar proyectos que deseamos pero que requieren esfuerzo. Nos cuesta arrancar. Nos da pereza volver a empezar de cero (ya sea en un proyecto, un trabajo, una relación…). Esto no es necesariamente negativo: sólo nosotros podemos decidir cuándo un cambio, una apuesta por algo o alguien nuevo, nos compensa. La única condición es que tomemos la decisión de no cambiar conscientemente, es decir, sabiendo que lo hacemos porque concedemos más valor a lo que tenemos que a lo que podríamos ganar. No hay nada de malo en sentirse satisfecho con la propia vida. Es sabio no querer poner en riesgo cosas de las que disfrutamos y que son valiosas.

Lo malo empieza cuando la pereza es, en realidad, la excusa tras la que se esconde un enemigo mucho más dañino: el miedo. El miedo nos puede hacer renunciar a nuestros mayores sueños, a las más jugosas oportunidades, a las más valiosas experiencias. Miedo a lo desconocido, a salir de nuestra zona de confort, aversión al riesgo, temor a fracasar, falta de confianza en nuestros propios recursos… un torbellino de emociones que se retroalimentan unas a otras para, al final, dejarnos bien anclados en el mismo sitio.

No hay una receta contra el miedo: la autoconfianza se desarrolla, precisamente, afrontando cosas nuevas. Sí podemos tomar algunas medidas para sentirnos más seguros: pedir consejo, valorar pros y contras, encontrar formas de suavizar la caída en caso de fracasar; crearnos una cierta red de seguridad, diseñar un plan B. Cuando se trata de decidir si apostamos por una nueva relación, por una persona, no queda más remedio que tirarnos a la piscina: no hay plan B que valga, ni ayuda una evaluación racional de ventajas e inconvenientes. Sí podemos pedir consejo pero, al final, es nuestra decisión y el riesgo es emocional. La pregunta es: ¿cuánto confiamos en nosotros, y cuánto confiamos en la vida? Son dos cosas que suelen ir juntas.

Una idea errónea es que tenemos que superar el miedo, tenerlo bajo control, antes de arriesgarnos. Es justo al contrario: si lo que te está frenando es fundamentalmente el miedo, reconócelo, acepta ese miedo como compañero y lánzate. Y no nos engañemos: uno sabe, siente, cuándo su principal freno es, sobre todo, el miedo. Está bien tenerlo: significa que estás afrontando algo grande, algo que vale la pena, y significa también que en tu vida hay cosas valiosas que no quieres perder.

A veces lo que tenemos es miedo a hacer daño a alguien que nos importa, miedo a afrontar un problema, a poner sobre la mesa una situación dolorosa, a provocar un conflicto. Todos hemos pasado por situaciones así y es humano sentir miedo. Sin embargo, es en esta clase de situaciones en las que, sin lugar a dudas, provocar o proponer un cambio compensa. Tanto si se resuelve el conflicto como si desemboca en una separación definitiva, no afrontar un problema nos amargará la vida y tendrá consecuencias en nuestro bienestar y nuestra salud.

Hay cambios que la vida nos impone, que duelen y que nadie en su sano juicio elegiría para sí. El ejemplo más obvio es la muerte de un ser querido. Cuando esto sucede, se nos detiene el tiempo y nos parece una obscenidad que la vida siga adelante. Pero incluso estas experiencias, al final, nos ayudan a comprender que todo continúa, queramos o no. Porque la vida no sigue adelante para fastidiarnos: la vida, simplemente, es. Para afrontar los cambios ayuda soltarnos de las cosas, dejarnos llevar, aprender a fluir. Pretender tenerlo todo bajo control demuestra poca confianza en la vida, además de ser una ilusión porque los cambios vendrán de todos modos. Dicho esto, llorar es lo que corresponde hacer cuando una pérdida nos duele de verdad. El dolor no es contradictorio con aceptar el cambio.

Lo que, con frecuencia, perdemos de vista cuando pensamos en el cambio es la oportunidad que representa para nosotros el poder cambiar. No estás obligado a ser hoy la misma persona que ayer (es más: no lo eres). Tu futuro no está escrito en ninguna parte. Negarse a cambiar es negarse a crecer, a aprender, a experimentar. Cuando cambias de actitud, tu entorno cambia. Cuando haces algo nuevo o de una forma nueva, consigues resultados nuevos, respuestas nuevas. Y de repente, se te muestra un abanico de posibilidades que antes no veías. Que no estaba ahí, sólo porque aún no habías cambiado.

Cuando pasamos por un mal momento, es frecuente confiar en que “pase la racha”, en “ver la luz al final del túnel”. Lo malo de esta perspectiva es que pone la solución al final: es agotador seguir atravesando el desierto sin saber cuánto queda. En mi experiencia, la mejor escapatoria, lo que nos proporciona un descanso  inmediato, es justo lo contrario: llevar la vista a este momento y darnos de cuenta de cómo, a cada segundo, todo cambia: nuestras sensaciones van y vienen, nuestras emociones cambian a lo largo de día, a veces en cuestión de segundos. A veces, sólo con observarlas. Pensar en ese pequeño cambio que podemos hacer ahora mismo (meditar, dar un paseo, llamar a alguien, ver una película, pensar en algo que nos inspira, alimentar una idea positiva…) nos concede un alivio inmediato y, durante un rato, nuestra vida se siente distinta. Y ver que todo cambia nos ayuda a sentir que no estamos anclados en el fondo de un oscuro pozo.

El cambio es por definición, esperanza, sorpresa y oportunidad.

El cambio es vida.

Foto: María Traver

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María Traver Andújar

María Traver Andújar

Senior Researcher, TNS

Muchas gracias por tu comentario, Inés! Totalmente de acuerdo. Los espacios de reflexión nos ayudan a conocernos a nosotras mismas y a crecer. Y si estás diciendo adiós a un futuro que querías para ti, hay un cambio y hay también un duelo. Y en todo caso hace falta valor para afrontarlo, aunque sea tu decisión. Te mando un abrazo!
Inés Moyano Jiménez

Inés Moyano Jiménez

Emprendedora - Health Coach,

Hola María, gracias por tu post. Creo que ante todo cambio, pequeño o grande, que se nos resista, que no queramos afrontar, deberíamos darnos un espacio de reflexión. Me parece que he llegado a tu post porque justamente estoy pasando por un mundo de cambios ahora mismo. Los que he decidido yo misma, me tienen atareada, y aún así, también encuentro barreras en ellos, porque me hacen salir constatemente de mi zona de confort (estoy al principio de un nuevo camino). Y alguno que se me resiste, creo que está ligado a una "pena" un cierto "dolor" a dejar atrás lo que era un plan, un futuro que quería para mí, es un sentimiento más allá de la pereza y del miedo, me parece. Un abrazo.
All Delhi Escorts
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