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Yo apuesto por las personas, y tú...

María José García-Pedreño HacemosMediacion
27 Jun 2019 BLOG_NUM_COMMENTS

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Entras en el metro, miras a tu alrededor y ves decenas de personas que pasan junto a ti sin mirar más que a su móvil, tablet o libro electrónico. ¿Qué nos está pasando? 

Hemos recibido y acogido la tecnología en nuestras vidas y eso está bien, la pregunta quizá deba ser si lo hemos hecho de la forma que más nos favorece.

Está claro que poder comunicarnos representa el rasgo más definitorio de la necesidad de socialización del ser humano. Tener la posibilidad de contar lo que sentimos, pensamos o percibimos es natural en la persona; hacerlo en presente es aún mejor, ¿o quizás no tanto? Los que defienden la naturalidad pueden considerar que esto debe ser así en pro de la autenticidad, decir lo que pienso o siento cuando y donde surge, otros sin embargo pueden entenderlo como pasear permanentemente junto a un acantilado o sobre una cuerda floja de la que precipitarse parece inminente.

Arriesgar a descubrir lo que uno piensa es de osados o de intrépidos, según uno sea capaz de enfrentarse a las consecuencias o lo haga sin haber reflexionado sobre las mismas.

Llevar el teléfono a mano y poder compartir “públicamente” lo que pienso, siento o experimento en tiempo real es una acción no libre de riesgos y consecuencias, pero si el rol es el de espectador puede resultar de lo más divertido y relajado o quizás no tanto. En este caso, se nos ofrecen múltiples opciones: dar un “like”, compartirlo e incluso hacer un comentario; la elección va a determinar el grado en el que uno se compromete y fomenta las infinitas consecuencias que de ello se derivan.

Por lo tanto y teniendo muy presente a Sigmund Freud “uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla”, que para el caso de las redes sociales y WhatApp viene a ser lo mismo; da la impresión de que los conceptos confidencialidad y privacidad se han difuminado convirtiéndose en derechos con “efecto espejismo”, donde lo que uno escribe, lee, comparte o comenta nos parece tan efímero y fugaz que somos incapaces de ver más allá, mucho menos ser conscientes de su trascendencia y las consecuencias que habremos de encarar y asumir. Otro aspecto importante es que no tenemos la oportunidad de mirar a los ojos a nuestro interlocutor, ni escuchar su voz ni su tono, se nos escapa la información que en una “conversación presencial” perciben nuestros sentidos.

Cuando interactuamos con otra persona, aun no siendo expertos en comunicación no verbal, hay ciertos indicios en sus expresiones o gestos que nos dan información valiosa para mantener la conversación libre de malentendidos y lejos del conflicto, aunque no seamos capaces de esquivarlo siempre sí podremos anticiparnos e ir preparando la respuesta para reconducir la conversación y resolver aquello que había dificultado la comunicación. Otras veces el conflicto es inevitable, pero la información sobre el nacimiento del mismo es posible haberla intuido, lo que nos posibilita decidir cómo resolverlo.

Lo cierto es que todo aquello que decimos o escribimos en redes sociales, como acción o reacción, va a afectar a otros. Sin embargo, actuamos como si las redes sociales nos mantuvieran en una burbuja que nos hace inmunes a todo cuanto acontece a nuestro alrededor. Es una ficción idealizada, siempre desde mi más personal punto de vista, pues nos colocamos frente a una pantalla que incluso hace las veces de espejo dando la impresión de que nos encontramos a solas con nosotros mismos. La imagen que penetra por nuestros ojos y que procesa nuestro cerebro no tiene en cuenta las miradas (decenas, cientos o miles) que moran frente a pantallas que muestran nuestras palabras o expresiones ilustradas mediante fotos, vídeos o emoji susceptibles de respuesta mediante un like, compartir o comentar. Nos sentimos a solas con nosotros mismos y con una seguridad aplastante porque lo consideramos “confidencial y/o privado”, aun no siendo ni lo uno ni lo otro y con el deseo de trascender que da la euforia de recibir likes y compartidos. He aquí la ambivalencia porque cuando llegan los comentarios en sentido distinto o contrario a lo expresado entonces nos sentimos desarmados, vulnerables, incomprendidos, “¿cómo puede ser que se haya entendido de esta forma?, ¡yo no he querido decir eso!, ¡no lo he dicho con esa intención!, ¿de verdad no estoy en lo cierto?”

Vernos inmersos en una tormenta de críticas negativas nos coloca en una posición muy incómoda, haciéndonos sentir frágiles. De repente dejamos de ver nuestro reflejo en la pantalla para sabernos blanco de una diana en la que los jugadores son diestros en el tiro dando “en el blanco”. Comienza aquí una penitencia difícil de salvar, intentas explicarte sin lograr ser entendido y las críticas son cada vez más intensas y voraces hasta que decides plantarte. Quizás comiences bloqueando algunos perfiles, resultando incluso peor la respuesta de aquellos que se sentían representados por los bloqueados, imitadores cuyas críticas son aún peores porque alzan la bandera “yo tengo derecho a dar mi opinión”. El paso siguiente  es ponerse el chubasquero a prueba de Chernóbil o desaparecer del mundo digital, temporal o definitivamente.

Usar las redes sociales para expresar nuestras opiniones conlleva una responsabilidad infravalorada, sin calcular los costes de las posibles respuestas que incluso pueden poner en peligro nuestra autoestima e integridad moral y física porque nos paraliza el hecho de no haber sido avisados, no hemos tenido la oportunidad de ver ninguna pista de lo percibido por quienes leen nuestros pensamientos o sentimientos expresados a golpe de click. Se hace imposible reaccionar para evitar el conflicto.

Peor es cuando compartimos documentos gráficos (fotos, vídeos, audios, …) en los que exponemos a otros sin su permiso, solos o en compañía, arrojándolos al arenal convirtiéndolos en víctimas de nuestro deshumanizado sentido del humor o simplemente por el goce de quedar “bravo” -que diría un italiano-, humillándolo hasta tal extremo que no es capaz de gestionar las opiniones y murmullos vertidos sobre su actitud, aspecto físico o expresión como si de un ejemplo hubiera aspirado a ser de alguien, salvo que lo que se hace o dice en la intimidad debiera haber quedado siempre respetado por la confidencialidad que lo hecho en privado sugiere como un valor o principio moral generalmente aceptado. Esta persona se siente sola, no es capaz de determinar el origen de lo que está sucediendo encontrándose en una situación de desamparo donde desconoce dónde acudir para solicitar protección, además el sentimiento de culpa y vergüenza alienan su capacidad de decisión.

La realidad es que nadie nos ha enseñado a usar las redes sociales. Todos somos autodidactas en esta nueva forma de comunicarnos, en donde no han llegado las normas socializadoras para decirnos cuáles son los límites. Así que aprender sobre la marcha cuesta mucho, a veces incluso la propia vida o la de otros…

Como digo en el título “yo apuesto por las personas” aunque sin renunciar a la tecnología pero haciendo un ejercicio personal de responsabilidad, consciente de que escribo para ser escuchada a sabiendas de que al otro lado hay personas como yo que tienen criterio propio, inquietudes y la necesidad de comunicar.

Por encima de todo ello mi deseo es que impere el RESPETO (con mayúsculas), todas las personas tenemos algo que aportar y es posible hacerlo en positivo.

Si asumiéramos de forma consciente que sea cual sea la forma elegida para comunicarnos siempre hay un interlocutor, quizás y quién sabe si sólo quizás, incorporaríamos al entorno de las redes sociales las normas de comportamiento social aprendidas en nuestra sociabilización donde no decimos todo lo que pensamos o sentimos para evitar el conflicto.

Más importante aún que evitar el conflicto es saber cómo resolverlo y nuestra cultura mediterránea no nos ha acompañado en pro de la resolución pacífica de nuestras discrepancias.

Asumiendo que el conflicto es innato al ser humano, incorporándolo como una oportunidad de mejora de nuestras relaciones sociales y crecimiento personal es posible afrontar cuantas situaciones adversas se presentan en nuestra cotidianidad. Sin embargo, existen situaciones en las que no somos capaces de afrontarlo a solas, por ello he incorporado la Mediación a mi vida no sólo como un recurso a título personal sino que he decidido hacer de la Mediación un método con el que acompañar y ayudar a otras personas a resolver aquellos conflictos que surgen en su día a día.

Familia, empresa y comunidades de vecinos son micro-sociedades maravillosas por estar formadas por personas y allí donde están hay una gran aportación de ideas, formas de hacer y de entender de las que surgen diferencias y disensiones personales en opiniones o conductas de las que pueden nacer nuevas y mejores situaciones y circunstancias llenas de bienestar cuando incorporamos la Mediación para resolverlas.

Por ello os animo a acercaros a Mediación ante aquellos conflictos que por nosotros mismos difícilmente serán resueltos, pues el mediador alzará el puente necesario para que la comunicación se restablezca de forma que se restaure vuestra relación en aras de alcanzar la tranquilidad y serenidad que un conflicto bien gestionado proporciona.

 “Si los ciudadanos practicasen entre sí la amistad, no tendrían necesidad de la justicia.” Aristóteles.

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