Post
anterior
Siguiente
Post

Cómo dejé de ser workalcoholic

Elena Mayor Lozano Felicidad Personal y Bienestar Profesional
20 Feb. 2018 0 comentarios

blogs_image_post_detail

La gente que me conocía me llamaba superwoman y lo peor es que a mí me gustaba. Me sentía muy bien llegando a todo, controlándolo todo, supervisándolo todo. Me sentía poderosa, como una superwoman. En realidad, era una esclava del trabajo. Y por ser mujer, de dos tipos de trabajo: en la esfera profesional y en la personal.

Conseguí atender personalmente a mis hijas y no delegar en alguien externo, promesa que me hice a costa de restar calidad al tiempo que pasaba con ellas. Estaba cansada, quemada incluso, después de una jornada de trabajo superestresante porque mi trabajo era mi prioridad y tenía que hacer un esfuerzo desmedido por resolverlo todo y hacerlo bien. Eso sí, estrictamente dentro del horario de trabajo, para salir corriendo a atender lo personal. ¿Te imaginas esto cada día? El estrés era el centro de mi vida.

Yo solía decir que mi día estaba perfectamente encajado como una torre de naipes (todo en su minuto), de manera que, si una de las cartas se movía, la torre se caía. Recuerdo la habitual angustia que sentía para conseguir que todo sucediera según lo previsto: un objetivo imposible porque la vida es incertidumbre.

Todo aquello estalló un día y pude aprender que no merece la pena, que el propósito de la vida es FLUIR. Y Fluir es bailar con la vida, cuidándote y cuidando a los que más quieres.

Publicidad
Publicidad