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No te conformes con educar, influye

Carme Padilla Familia S.A.
24 Jun. 2015 0 comentarios

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La vida escolar de nuestros hijos es una de las muchas vidas que vive una persona y los padres la vivimos también como eso, una de nuestras vidas: cuando los hijos van al cole. El gran Josep Rom compartió conmigo hace unos días una reflexión interesante, en el contexto del personal branding, sobre lo que somos y no somos a lo largo de nuestra vida y de cómo nuestra identidad variaba en función, no ya de nuestra edad sino de lo que la sociedad había decidido que debemos hacer a determinadas edades. Un ejemplo claro es el de la adolescencia y los cientos de estudios que concluyen que no se puede definir cuándo empieza y acaba exactamente porque nos hemos inventado esa palabra para marcar el período vital en que no somos niños pero tampoco podemos entrar en el mundo laboral adulto. Es verdad que la adolescencia es un período con características únicas pero antes del siglo XX ni se lo planteaban.

Es importante saber diagnosticar el momento vital por el que están pasando nuestros hijos, más allá de etiquetas más o menos acertadas. Es fundamental analizar la identidad de ese momento, y eso no es más que individualizar al máximo hijo a hijo. Una adolescencia es diferente a otra –aunque sea la tercera que vivimos como padres- porque cada hijo es único, auténtico e irrepetible. Y cada adolescencia es diferente porque nuestro momento vital, como padres, puede ser también distinto. Somos la misma persona pero con unas circunstancias concretas que son cambiantes. No nos quedemos en analizar cómo está siendo la adolescencia del hijo concreto, demos un paso adelante y analicemos en qué momento vital estamos nosotros. Revisemos objetivos familiares, reforcemos nuestro estilo propio pero comprobemos si tenemos las herramientas concretas al día para sacar el máximo partido de esa etapa maravillosa de cualquier persona.

No podemos aplicar lo que nos ha funcionado con otros hijos como sí nos ha funcionado en la niñez. No estoy hablando de que en la niñez eduquemos a nuestros hijos "en pack" con fórmulas únicas que ponemos en marcha de oficio dependiendo de la edad. Se trata de que entendamos que la adolescencia es el momento en el que además de educar, debemos influir. La influencia que ejerzamos en ese camino hacia la madurez será definitiva para consolidar los valores, creencias, hábitos, competencias, alianzas, fortalezas...que hemos estado sembrando en los años anteriores. No nos conformemos con que nuestros hijos tengan asimilado lo que está bien y lo que está mal, aseguremos la jugada y luchemos porque los hábitos se vayan convirtiendo en virtudes y que, como dejó claro San Agustín, quieran el bien y aborrezcan el mal. No conseguiremos que nuestros adolescentes sean adultos de una pieza si no son adultos libres. Y todo eso no lo haremos sólo educándoles, lo haremos influyendo en ellos positivamente.

Influimos porque somos autoridad en su imaginario aunque hagan y hablen como si no fuera así. Queremos que nuestra huella sea la más fuerte por encima del resto de intentos de influencias externas que en esas edades les bombardean y no siempre con la misma rectitud de intención que la nuestra. Hagamos fácil y atractivo que nuestro mensaje sea el elegido, y una vez más, la clave está en la comunicación.

Algunas pistas para influir positivamente en nuestros adolescentes:

- Utilizar lenguajes basados en las emociones, verbal y gestual. Recordemos que es una etapa en que la racionalidad deja paso a la emoción en proporciones desconocidas y desconcertantes, para ellos y para los que les rodean.

- Nuestro mensaje sólo será asumible por él si es consistente-coherente, generador de confianza mutua, si no juzga y si es resistente a los cambios de humor y de ambientes.

- Recordarle cuál es su sueño a largo plazo (y si no lo tiene claro, ayudarle a definirlo) y motivarle a reflexionar (no hacerlo nosotros por él) sobre qué objetivos a corto y medio plazo puede marcarse para conseguirlo. Le estamos dando herramientas para que configure el sentido de su vida poco a poco de forma segura, desde la creatividad hasta la concreción del día a día. Su hoja de ruta.

- Reforzar el binomio esfuerzo individual-resultado compartido y dejemos a un lado la recompensa y la satisfacción personal. No queremos triunfadores solitarios, queremos jóvenes que entiendan que el éxito de sus acciones está en la repercusión y el beneficio que de ellas obtienen los demás, en cómo se convierte su esfuerzo en servicio a los demás.

Además de vivir los resultados de nuestra influencia con ilusión, en el camino habremos aprendido mucho sobre nosotros mismos porque, nunca lo olvidemos, el lugar donde más nos influyen y donde más influimos es en la familia. Aprovechemos el tiempo de descanso y pequeños momentos de sosiego y de convivencia sin agendas para empezar a gestionar esa influencia de manera inteligente.

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