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El Aguacero, un cuento.

Maria Perez Lopez El Blog de Maria
1 May 2019 BLOG_NUM_COMMENTS

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Las calles llenas de gente que transitaba hacia sus ocupaciones con paso confiado, se vieron en un momento solitarias; el tránsito local comenzó entonces a desquiciarse desviando sus habituales rutas por los caminos que los operadores consideraban mejor, obligando a sus usuarios esperar inútilmente en las paradas normales, durante las largas horas de tormenta que inundó calles enteras, por donde ya para entonces, desesperados transeúntes caminaban, sumergiendo los pies en el agua que en algunas partes les cubría los tobillos y en otras les llegaba a las rodillas, amén del tupido baño celestial que los tenía totalmente empapados.

Los teléfonos repiqueteaban ansiosamente; enormes filas de personas nerviosas se formaron allí donde había uno bajo techo; caras de angustia surgían cuando después de marcar el último número, recibían el tono de ocupado; entonces, nacía una nueva formación para hacer otra llamada sin tener que ocupar el último lugar de la larga fila. 

--”Llame usted, me da ocupado”, --”no contestan en mi casa”, 


--”Está descompuesto” o “está suspendido” decían otros desconsolados. 

El transporte público que acertaba a pasar aventurándose en medio del agua que corría abundante sobre el asfalto de las calles como turbulento y enloquecido río, iba con cupo lleno, rodando impasible y haciendo caso omiso de quienes en las calles extendían el brazo bajo el agua en su inútil intento de ser favorecidos por el servicio, y desalentados corrían nuevamente a guarecerse, replegándose a la pared o escondiendo el cuerpo en el quicio de alguna puerta cerrada.

Detrás de las ventanillas de los rodantes, a través de los cristales cerrados, pares de ojos azorados unos y compasivos otros, miraban el inusitado espectáculo, felicitándose de ser los privilegiados humanos dueños de la seguridad del momento. 

Enmedio del aguacero, secos, cómodos y calientitos dentro de un lujoso automóvil, chiquillos traviesos e inconscientes se reían señalando y haciendo muecas obscenas a los desesperados mojados de afuera.

Tres jóvenes ataviadas con ropas ligeras, temblando de frío, abrazándose a sí mismas y al mismo tiempo protegiendo sus bolsos, evitando en lo posible mojarse los pies, trataban de cruzar la calle por los lugares menos inundados, cuando un camión materialista aceleró frente a ellas, levantando una gran ola de agua que las mojó por completo manchando su ropa de agua enlodada; gritos de sorpresa desagradable de las jóvenes y carcajadas de burla y regocijo malsano de los mal educados e inmaduros ocupantes del camión llenaron la calle, mientras tres chiquillos juguetones, despreocupados y felices corrían en medio de las lagunas callejeras con los pantalones arremangados y escurriendo de agua, sin importarles mojar los zapatos, sin pensar en enfermarse, sin hacer caso de la madre, vendedora ambulante, que desde la acera, cubierta la cabeza con un cartón, les gritaba pidiendo que se salieran para irse a su casa y sólo risas recibía como contestación, y risas, risas y más risas se escucharon en la calle, cuando uno de los pequeños resbaló y manoteó asustado dentro del agua; la madre le gritó palabras altisonantes y luego se carcajeó. 

Quienes lo presenciaron, olvidaron sus preocupaciones y miedo de no poder llegar a su destino, al fin y al cabo sólo se retardaban, estaban sanos y salvos y había un pretexto válido para ello, el torrencial aguacero de aquella tarde...

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