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Divino tesoro

Charo Izquierdo Camino de Ítaca
19 Mar. 2015 0 comentarios

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Hace un par de días, la marca Lancôme, a la que tengo un cariño especial y con la que mantengo una relación especial desde hace muchos años, me invitó a unas charlas sobre la felicidad. Cuatro ponentes maravillosas -la directiva Carina Szpilka, la galerista Soledad Lorenzo, la científica Flora de Pablo y la productora ejecutiva de Bambú, Teresa Fernández Valdés- reunidas por y en la Maison Lancôme nos "obligaron" de manera cariñosa a pensar en lo que nos hace felices, por qué lo somos, por qué somos infelices. Nos hablaron del nivel basal de felicidad. De autosatisfacción. De metas. De entornos felices e infelices... Y yo no dejaba de pensar (y así lo hice saber) que en realidad le damos una excesiva importancia a la felicidad, cuando en realidad lo que necesitamos es sentirnos contentos, aprender a disfrutar de las pequeñas cosas y hacer el ejercicio diario de pensarlo, de contarlo y de contárnoslo..., disfrutar de un gesto, de una sonrisa, de una mirada, de un árbol, de un libro, de un movimiento absurdo como caminar cuando has dejado de hacerlo por un golpe en las piernas que te ha mantenido quieto o por un golpe moral que te ha paralizado un tiempo...

Esos pequeños detalles, las mimosas en marzo, los almendros florecidos por toda la ciudad, incluso la lluvia que no me gusta pero que sé necesaria y entiendo higiénica, te hacen, me hacen vibrar. Como lo hace una buena conversación. Como lo hizo la charla a cuatro de estas mujeres libres de alma y bellas de corazón que nos lo abrieron, nos hicieron pensar, soñar e incluso reír. Como unos días antes, mejor dicho unas noches antes, lo había hecho una relación de amor entre zapatos (mi accesorio favorito), cena, vino y música, que me regaló la diseñadora Rocío Mozo que, de la mano de una maga de las emociones, como es Merche Zubiaga creadora del concepto y la empresa Vinhoy (la fusión del vino con la cultura, a través de sus diferentes manifestaciones). La verdad es que cuando llegué a su tienda del barrio de Salamanca y vi a través de su escaparate con unos zapatos y un bolso divinos una larga mesa delicadamente decorada con muchas flores y platos de aspecto decadente no pensé que nos iban a pasear mentalmente por Grasse, la localidad que siente y sueña a perfume, y por Cannes. Recomendar un accesorio para las diferentes horas del día, como compañeros de unos exquisitos platos, con el complemento por excelencia que es el perfume, que nos hicieron catar con la misma sensibilidad y efervescencia con la que catamos los vinos de Jean Leon, el que fuera cocinero de las estrellas en Hollywood (a pesar de haber nacido como Ceferino Carrión, y en Santander) y fundador del famosísimo restaurante La Scala en Beverly Hills, que hoy comercializa Torres..., y todo ello escuchando música de jazz de los años 50, fue uno de esos regalos que te hace la vida, que no son grandes regalos, pero que se alojan en tu corazón, en tu retina y en tu recuerdo, como se alojan los cariños que dejan huella.

Si esa noche hubieran aplicado el felizómetro a los poquísimos comensales allí rendidos el resultado hubiera sido parecido al de la pasión. Es cierto que la comida y la bebida operan milagros. Y más la música. La mezcla, más. Pero contemplar la ilusión de quienes son felices y hacen con su felicidad el trabajo de un aspersor es un fenómeno natural y a veces paranormal que hace que al menos sonriamos, como sonrío ahora yo y espero que alguien más sonría. ¿Acaso no es eso felicidad? Aunque sea este segundo...

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