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Aprovechar el último segundo

Charo Izquierdo Camino de Ítaca
26 Ago. 2015 0 comentarios

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Tenía 40 años y yo no le conocía. Ni le conoceré. Se acostó, rendido, y con tremendo dolor de cabeza, de esos que te tumban. Y despertó para ser abatido por el dolor. Y así abatido, no sabemos si por el dolor, tal vez con un golpe de dolor insoportable, cayó y calló para siempre.

Tenía 40 años y no le conocía. Y no será la única muerte que se produzca hoy. Pero es de la que me entero, y la que me llega, porque les llega a gentes que quiero. Es de esas desapariciones que te hace pensar que el verano no es país para la muerte y que los cuarenta no es edad madura para enfrentarla. Es evidente que él no leerá este artículo. Probablemente tampoco lo lea ninguno de los suyos. No me importa. No lo escribo para ellos. Lo hago para mí, para que no se me olvide la consciencia de una vida en la que respiramos inconscientes y en la que al inspirar olvidamos que el expirar podría merodearnos y podría encontrarnos con la conciencia trastornada y sin duchar.

Tenía 40 años y no le conocía. Pero le estoy agradecida. Porque al menos por un tiempo me hará reflexionar y, espero, reaccionar. Le estoy agradecida por haber vivido cerca y amante y amable de algunos a quienes quiero. Y porque al menos por un tiempo me hará recordar que el siguiente segundo, el siguiente minuto, la siguiente hora, el siguiente día son míos, responsablemente míos, y los hago míos con la respiración, con la acción, con la consciencia y la conciencia de vivir. Obvio. Cierto. De perogrullo. Sí. Pero no nos damos cuenta. Vivimos y respiramos como si la vida y la respiración nos la dieran gratis, lo que hasta cierto punto es cierto. Por eso, no valoramos los minutos, sobre todo los que perdemos, fundamentalmente en la queja, en el miedo, en la inacción, en la autocomplacencia. Por eso no valoramos lo que tenemos ni lo que podemos perder si el reloj se para y lo hace sin solución de continuidad.

Tenía 40 años y no le conocía. Pero, qué desgracia, me ha hecho un favor. El de valorar lo que tengo, lo que puedo tener, lo que soy, lo que seré. Porque somos hoy y en el futuro, por más que el pasado haya contribuido y mucho a fabricarnos. Y hablando de fabricación, nosotros también llegamos al mundo con la obsolescencia programada, aunque sin fecha de caducidad conocida. Por eso, insisto, valiente desconocido, te doy las gracias. Porque sé que fuiste valiente. Porque sé que amaste. Porque sé que disfrutaste.

Y eres un ejemplo.

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