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Violencia en las aulas

Raquel López Merchán Luna Lunera
23 Apr 2019 BLOG_NUM_COMMENTS

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La violencia de género se encuentra relacionada con los estereotipos sexistas, los cuales pueden llegar a justificar la violencia que el hombre ejerce en lugar de condenarla, pues la asocian con atributos masculinos basados en la predominancia del hombre sobre la mujer. Algunos hombres construyen su identidad en torno a ellos. Se suele usar esta violencia para mantener las diferencias de poder entre hombres y mujeres y, de este modo, disminuir a medida que se avanza en la construcción de la igualdad. La violencia suele incrementarse cuando lo hace el poder de la mujer. Se emplea para perpetuar la desigualdad anterior por parte de hombres orientados hacia el control abusivo.

Es relevante el dato de que los hombres que ejercen violencia de género manifiestan menor autoestima que aquellos que no la ejercen, pues con esa violencia “compensarían” la dificultad que experimentan para cumplir el rol de predominancia atribuido en el estereotipo masculino tradicional. 

La Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género establece que la violencia de género es todo acto de violencia física y psicológica, incluidas las agresiones a la libertad sexual, las amenazas, las coacciones o la privación arbitraria de libertad. (art. 1.3). Esta ley quiere actuar contra la violencia que como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas por parte de quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aun sin convivencia.

El Convenio de Estambul, que España ratificó en el año 2011 y que entró en vigor en 2014, establece que la violencia contra las mujeres es una violación de los derechos humanos y una forma de discriminación contra las mujeres. Dentro del concepto se engloban todos los actos de violencia basados en el género[1] que implican o pueden implicar para las mujeres daños o sufrimientos de naturaleza física, sexual, psicológica o económica, incluidas las amenazas de realizar dichos actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, en la vida pública o privada. Sigue definiendo el Convenio, que la violencia contra las mujeres por razones de género consiste en toda violencia contra la mujer porque es una mujer o que afecta a las mujeres de manera desproporcionada.

En el año 2014, una de las conclusiones del estudio sobre “La evolución de la adolescencia española en la igualdad y la prevención de la violencia de género” es que se produce un incremento de las adolescentes que reconocen que han sufrido situaciones de maltrato por parte de su pareja:

  •       Control abusivo: 28,8% reconocen haberlo sufrido.
  •       Ejercicio del control a través del móvil: 25,1% reconocen que lo han sufrido.
  •       Presión para realizar actividades de tipo sexual en alguna ocasión: 6,3%.
  •       Agresiones físicas: 3% reconocen haber sufrido.

Según el INE, durante el 2017 se registraron 28.987 denuncias por violencia de género (+2,8% que en 2016). La edad media de los denunciados fue de 39,5 años. Los mayores aumentos en el número de denuncias se produjeron en el tramo de edad de menores de 18 años (18,7%) y en el de 70 a 74 años (10,3).

Según la Fundación ANAR, en relación con las personas menores de edad, hay dos circunstancias diferentes que se pueden identificar como presentes en la violencia de género:

  • Situaciones de violencia de género en las que la víctima directa es una mujer menor de edad.
  • Situaciones de menores que se encuentran dentro del entorno familiar de las mujeres víctimas de la violencia de género y, por tanto, también son víctimas de este tipo de violencia.

También se preguntan quién es el agresor. En el informe editado en 2016, se establece que, en más del 70% de los casos, el agresor se trata de la pareja de la menor. Debiendo tener en cuenta que, en la mayoría de los casos, él es mayor de edad.

Podemos decir que estos agresores se valen de la inocencia e ingenuidad de las chicas para ejercer el poder sobre ellas y, poco a poco, tejer una red donde las atrapan y aíslan.

Según el estudio, la edad de los agresores oscila entre los 12 y los 40 años. Pero, en el 50% de los casos, se trata de un mayor de edad quien realiza la agresión a la menor.

Es preocupante la información que nos aporta la Fundación ANAR en cuanto a la consciencia del problema de la violencia de género en su pareja, pues 6 de cada 10 adolescentes no la reconocen. Hay que tener en cuenta que el reconocerse como víctima, el tomar conciencia de la existencia de elementos que son constitutivos de violencia (control, dominio) dentro de la relación de pareja es el primer paso para salir de la situación de violencia.

En pleno siglo XXI no podemos olvidar las llamadas “nuevas tecnologías” como otra forma, más actual, de ejercer la violencia de género y el acoso, específicamente.

De los datos manejados en el estudio de la Fundación ANAR hay que señalar que el 53,1% de la violencia de género se ejerce a través de las, mal llamadas en la actualidad, nuevas tecnologías.

Tenemos que tener en cuenta que la adolescencia es nativa digital. Como habitualmente digo, en la actualidad no nacen con un pan debajo del brazo, sino con un móvil, una Tablet y/o un PC. También hay que tener en consideración las características propias de las relaciones sentimentales entre la adolescencia, donde no suele haber convivencia y la comunicación se realiza mayoritariamente de forma no presencial. Sólo tenemos que ver cómo se interrelacionan, o cómo nos interrelacionamos nosotros. En cualquier bar o cafetería que observemos, podemos ver claramente como un grupo de personas que comparten mesa están más pendientes de su móvil última generación que de mantener una conversación con su familia o amistades.

El ciberacoso es una forma de ejercer la violencia y, en concreto, la de género. Hay que entenderlo como una invasión en la vida cotidiana de la víctima empleando la tecnología, sobre todo el móvil, las redes sociales e internet.

Las conductas típicas dentro del ciberacoso es el control. Quien agrede busca limitar el uso de las nuevas tecnologías en sus parejas. Esto conlleva el aislamiento social de las jóvenes, teniendo efectos psicológicos como el miedo, la culpabilidad, la vergüenza… Consiguiendo paralizar a la víctima.

También se producen insultos, amenazas y el chantaje emocional; siendo muy características en situaciones en las que el agresor no está conforme con el comportamiento de su pareja y, en consecuencia, lo que busca es dañarla o el arrepentimiento y el acercamiento de ésta.

El sexting también es otra forma de ejercer la violencia de género. Es bastante habitual pedir fotos o vídeos de contenido sexual y/o erótico como prueba de amor. En sí, el envío de este contenido no es un delito y tampoco supone una forma de acosar. El delito viene posteriormente, cuando el agresor difunde esas fotos y vídeos sin consentimiento de la persona protagonista.

Entre la población adolescente la tipología de violencia más frecuente es el maltrato psicológico, siendo la más infrecuente de ser denunciada.

Nos tiene que llamar la atención que mayoritariamente las chicas adolescentes que relatan esas vivencias de violencia de género en su pareja la llevan sufriendo más de 1 año. Tenemos que recordar lo que he dicho al principio: no reconocen las situaciones de control y dominación… No se reconocen como víctimas.

La violencia de género aparece de forma escalonada durante la relación de pareja. En la mayoría de los casos, los tipos de violencia son acumulativos y se pueden presentar de forma simultánea en la interacción de pareja.

Los datos que nos proporciona la Fundación ANAR (2016) muestran la gravedad de los datos atendidos y cómo, a pesar de la información que existe gracias a las diferentes campañas en medios de comunicación, por ejemplo, la adolescente no es consciente de la situación de violencia y justifica las conductas del agresor.

Los tipos de agresión son:

  • Violencia física;
  • Violencia psicológica;
  • Violencia sexual;
  • Violencia social;
  • Violencia contra los derechos sexuales;
  • Violencia económica.

Las consecuencias que sufren las adolescentes víctimas de violencia de género, en más del 60% de los casos, son problemas psicológicos. Acaban considerando, como dicen Marina Marroquí y Pamela Palenciano, que la forma de relacionarse con las personas, pero también con sus parejas, es mediante la violencia. Y no tiene porqué ser violencia física, sobre todo es violencia verbal y ambiental. Estas chicas tienen que desaprender y volver a aprender que existe otra manera, más sana, de relacionarse con las personas de su entorno. Que existe otro tipo de relaciones sentimentales donde ellas no se tienen que sentir una mierda ni renunciar a su espacio e independencia.

 

[1] El Convenio de Estambul entiende por género los papeles, comportamientos, actividades y atribuciones socialmente construidos que una sociedad concreta considera propios de mujeres o de hombres.

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